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La caja roja


Se deja caer con decisión en la silla colocándose centrado, con la espalda recta, las piernas a noventa grados, y con un saltito se impulsa hacia delante acercándose al ordenador. Presiona el botón de encendido y exhala un suspiro que se oye en toda la casa; mira el reloj. Las diez de la mañana, es temprano.

Contempla absorto la pantalla mientras se abren las aplicaciones una tras otra; escribe la contraseña “cajaroja” y clickea sobre el icono del explorer; no se conecta; le da otra vez, pero nada; una tercera, tampoco. ¡No, otra vez no por favor! Se levanta y se dirige al estante donde tiene el router, esa especie de bicho plano con antenas que va por libre; apaga el interruptor cuenta hasta diez y lo enciende; las lucecitas verdes bailan alternativamente hasta que, lo sabe, se estabilizan.

El pequeño abanico indicando la calidad de la conexión se ilumina. Ahora sí brota desde las profundidades de internet el omnisciente Google ofreciéndole el mundo entero. Todo es posible y todo está por hacer. Suspira de nuevo colocando los lápices en alineación geométrica y contempla la fotografía en blanco y negro que tiene apoyada entre los montones de libros en las repisas de la pared, encima del escritorio.

Teclea:” Bamako casa rural”. ¡Dos apartamentos! ¡Anda! no es posible, cómo ha cambiado todo en diecisiete años, y eso que los bandidos fundamentalistas están por todas partes. Sabe que no puede ir, que su salud no se lo permite, pero no puede dejar de añorar el continente africano. Se pasa una mano por la canosa y espesa barba y cierra los ojos por un instante.

Teclea: “Oporto casa rural”. La pantalla se llena con infinidad de portales que ofrecen casas rurales en Portugal. ¡Al ataque! Vuelve a mirar la fotografía y se percata de una mota de polvo que empaña el cristal que la protege. Tengo que decirle a la señora Nati, cuando venga el miércoles, que haga a fondo el estudio. Y pasa el dedo con ternura por uno de los rostros que hay en la fotografía.

Se sumerge en la espesa selva de la reservas online y guarda veinte o treinta casas como favoritas. Bueno esto no es tan difícil, ¿quién decía que estaba viejo para esto? Entorna los ojos y tuerce la sonrisa picarona hacia la foto. Es antigua pero no le importa, se la llevará con él. Estarías orgullosa de mí, siempre estuviste convencida que la tecnología podría mejorar nuestras vidas si se usaban bien. Te gustaría esto de Internet, Lucía. Yo nunca estuve muy convencido, pero ya mes ves.

Se dispone a revisarlas y se dice que elegirá una casa que sea acogedora y no muy cara. No le falta de nada, pero el sueldo de pensionista no da para lujos. Elige cuatro y confirma la reserva; una tras otra, al introducir las fechas, se la rechazan. “No hay disponibilidad. Cambia de fechas y pruébalo otra vez.¡Son unos hijos de...! Te marean, te hacen babear como al perro de Pavlov, y luego te lo niegan para que te conformes con cualquier porquería de habitáculo. Las venas de las sienes se le hinchan como culebrillas y los gritos, que salen de su garganta agotada de profesor, suenan desgarrados. Pero a quién importa, y vuelve a empezar de nuevo. El reloj marca las dos cuarenta y seis, decide seguir y saltarse la comida. Pasará con un par vasos de agua. No lo deja hasta que le aceptan la reserva en un apartamento en el centro, bien entrada ya la noche. Se echa en el sillón.

Lo he encontrado. Vive en Oporto, ¿recuerdas lo bonito que nos pareció en el noventa y ocho?  Cómo me gustaría que estuvieras aquí. Le ha ido bien, ha estudiado biología marina, se ha casado y tiene dos preciosos niños. Nuestros nietos, Lucía, ¿te das cuenta? Voy a conocer a nuestro hijo y a nuestros nietos de golpe. Le contaré lo mucho que lo hemos amado, que siempre lo buscamos. Teníamos dieciséis y diecisiete años, nuestros padres decidieron por nosotros, y que... tengo tantas cosas que contarle.

Besa la fotografía donde aparecen los dos críos, que eran en el sesenta y uno, dándose la mano, y la introduce en una pequeña caja de color rojo junto a otras fotografías. También hay postales, cartas, documentos y un recordatorio del entierro de Lucía; toda una vida, allí metida.

El ringring de una bocina de bicicleta le anuncia la entrada de un WhatsApp. Es del hijo. Lo abre inmediatamente y una palidez azulada se va apoderando de su rostro mientras lee: “Disculpe, señor Daniel. He estado pensando y he cambiado de opinión, prefiero que no nos veamos. Las cosas han sido así durante cuarenta y siete años y no me ha ido mal, soy feliz. Prefiero dejarlo como está. Lo siento, tal vez más adelante. Le deseo lo mejor. No se preocupe, no le guardo ningún tipo de rencor. Saludos”.

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