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Mostrando entradas de 2018

Alice augusta Ball (III Fin)

(viene de la parte II)
En la sede del periódico nos atendieron con amabilidad. Me sorprendí de que nos llevaran directamente al despacho del director. Pensé que se habrían confundido, pero no iba a protestar. —Pasen, pasen —indicó con diligencia el joven con tejanos y chaqueta azul. Entramos en una oficina confortable pero no opulenta, presidida por una ventana que daba a al jardín.  Frente la ventana, la mesa, y a sus espaldas una librería, saturada de archivadores. —Buenas tardes. Me han dicho que es usted del departamento de asuntos culturales de la facultad Manoa. ¿Cómo dice que se llama? —Buenas tardes —saludé—. Soy Kathlyn Takara y esta es mi alumna Pua Ulucau. Nos sentamos delante de él. La mesa estaba repleta de carpetas de colores, con desorden ordenado. —¿Qué desea saber de mí padre, Kathlyn? —¿Su padre? —pregunté sorprendida mirándole directamente a los ojos y, la boca abierta. —Sí, el periodista que firmó el artículo sobre Alice Augusta Ball, “La heroína de Hawái” —soltó con una…

Alice Augusta Ball (II)

(viene de la parte I)
El respetado profesor no dijo nada. Aspiró el humo de una calada con lentitud, paladeando el momento, y frunciendo el entrecejo. Me divertí imaginando que estaba buscando en archivadores de memoria tan deteriorados como su aspecto.               —Mi profesor de farmacia, Harry T. Hollmann —dijo de pronto—, nos hablaba del método que usó una brillante química afroamericana para aislar elementos activos. No recuerdo mucho más; hace mucho tiempo de eso.  Sin embargo, tenía relación con la enfermedad de Hansen y Kalaupapa —contó de carretilla como, si realmente, estuviera leyendo un archivo.              Recordar le debió suponer un gran esfuerzo porque cerró los ojos, y pareció que se dormía. Nos miramos con mi joven alumna sin saber qué hacer.               —Yo, de ti —dijo de sopetón asustándonos—, me dirigiría al Hospital Kalihi. Harry T. Hollmann trato a muchos enfermos de Kalaupapa allí —puntualizó Moke volviendo a perder la consciencia.              Me despedí del…

Patricia Bath

Agradecí que la cama del hospital fuera mullida y amplia. Desde la operación no había podido dormir. Me torturaba no poder moverme. Y ese olor a desinfectante me aturdía.          Su visita lo alteró todo. Llevaba dos décadas en absoluta oscuridad. Resignado a las tinieblas y a vivir en las calles; a sobrevivir de la caridad. Una segunda oportunidad, una nueva vida —dijeron—. Que me operarían gratis. Querrán algo cambio —pensé—. Y, además, ¿y si no funciona? Sería como volver a perderlo todo. Que confiara —dijeron—. Que confiara… ellos no han vivido en el asfalto.          En mi juventud trabajé en una ferretería. Postrado en la cama, y sin poder moverme, intentaba distraer mi mente recordando los nombres de las herramientas, la métrica de los tornillos, de los tacos o la tabla de conversión a pulgadas. El reposo fue desolador. —Buenos días, Deion —me saludó la doctora con su agradable voz—. Llegó el gran momento. Voy a sacarte todo esto.           Noté cómo manipulaba las vendas que pr…

Alice Augusta Ball (I)

Ese viernes de 1977 había terminado mis clases y como de costumbre me dirigí a la biblioteca. Nadie me esperaba en casa. Me gustaba perderme entre páginas descoloridas y evadirme con relatos que me paseaban entre la leyenda y la realidad. Buscaba algo para motivar a mis alumnos y a mí misma. Y lo encontré. La biblioteca del campus de Manoa en Honolulu está ubicada en el edificio antiguo. Es bajo y envuelto de espesa vegetación, como todo en Hawaii. Las columnas de la entrada, de sobrio estilo colonial, se asientan sobre un suelo de mármol. La sala principal está recubierta por rojizas y esbeltas estanterías, de madera de Koa, rellenas de libros de todas medidas y colores. Las mesas, no muy grandes, acostumbrábamos a compartirlas entre colegas del departamento de asuntos culturales. Sin embargo, ese viernes me pareció estar rodeada de desconocidos. Me sobresaltó mi vecina de mesa al dejar sin delicadeza un gran volumen a mi derecha. Miré de reojo. El libro lo había dejado abierto muy cer…

Vida microscópica por serendipia

A Anton le había dolido la maldita muela del juicio durante toda la noche, por lo que había dormido de forma discontinua. Se prometió acercarse, ese mismo día, a casa de su amigo boticario para que le diera su opinión. Sin embargo, le pudo más la curiosidad.       Se vistió con la bata y bajó al estudio sin dejar de escarbar el diente con un bastoncillo. Como de costumbre colocó las ventanas de manera que la luz reflectara en su escritorio. Escogió uno de sus pequeños microscopios del cajón derecho de su escritorio, y se dispuso a montar la nueva lente que había pulido con enormes dosis de paciencia. Se proponía examinar si era cierta la exquisitez de la nueva seda natural que le había llegado la semana anterior. A la vez que anhelaba comprobar si la nueva lente era mejor que las anteriores.       Siguió hurgando entre los dientes. Cuanto más profundizaba entre sus molares más parecía que apaciguaba el dolor. De pronto el bastoncillo se introdujo en un agujero de entre dientes despren…

Scikus sobre serendipia

El azar solo respalda a las mentes preparadas. Eso diferencia albur y oportunidad.

Descubrimiento de manera accidental. Serendipiedad

La serendipia Un descubrimiento casual, inesperado



Con estos scikus participo como #polivulgador , en la iniciativa de @hypatiacafe para el mes de abril sobre #PVserendipia

Jude Milhon

No esperaba que Judith Milhon me sorprendiera. Me llegó su expediente un lunes por la mañana, y el juicio se celebraba al siguiente. Soy abogado de oficio por tradición familiar, no por vocación. Así que prefiero los casos sencillos y los cargos de desobediencia civil suelen serlo. Sería rápido y ayudaría a engrosar mi currículo.       El martes por la mañana fui a visitarla sin leerme el expediente. Solo las fichas policiales de sus arrestos; el primero por allanamiento en 1965. Durante los años que llevaba en la profesión, no había conseguido acostumbrarme al pesado ruido que hacían las sucesivas puertas de la prisión del estado al irse cerrando tras de mí. Imaginaba que un día se me iban a quedar allí dentro por error. Me sudaban las manos y el aire se volvía espeso. Mi exmujer, atribuía esos síntomas a que no me gustara mi trabajo. Decía, con sorna, que hubiera tenido que ser pajarero en lugar de abogado, por mí afición a los canarios.      Le pedí al celador que esperara un poco a…