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Jude Milhon



No esperaba que Judith Milhon me sorprendiera. Me llegó su expediente un lunes por la mañana, y el juicio se celebraba al siguiente. Soy abogado de oficio por tradición familiar, no por vocación. Así que prefiero los casos sencillos, y los cargos de desobediencia civil suelen serlo. Sería rápido, y ayudaría a engrosar mi currículum.
          El martes por la mañana fui a visitarla sin leerme el expediente. Solo pude consultar las fichas policiales de sus arrestos; el primero, con tan solo 26 años, por allanamiento. En los años que llevaba en la profesión, no había conseguido acostumbrarme al ruido que hacían las puertas de la penitenciaría al cerrarse tras de mí. Me sudaban las manos y me costaba respirar. Mi exmujer atribuía esos síntomas a que no me gustaba mi trabajo. Decía, con sorna, que hubiera tenido que ser pajarero en lugar de abogado, por mi afición a los canarios.
           Como era mi costumbre, le pedí al celador que esperara un poco antes de abrir la puerta de la celda reservada para las visitas entre abogado y cliente. Me gustaba observarlos a través del cristal de la pequeña ventana que hay en todas las puertas del edificio. Estudiar su comportamiento, cuando piensan que están solos, me proporciona datos sobre su personalidad que no podía obtener de ninguna otra forma. Y dejando a un lado el sagrado código deontológico de la abogacía jugaba a adivinar, solo con mirarlos, si se merecían que los defendiera.
           Jude no dejaba de mover su larguirucho cuerpo sin conseguir sentarse. cómo si en la silla hubiera clavos. Parecía un animal cautivo buscando una salida en una jaula sin ventanas y con suelo de cemento. Sin embargo, sostenía el mentón bien alto.
           Hola, Judith. Soy Sócrates Smith, tu abogado —saludé tendiendo mi mano que ella estrechó con fuerza.
           Me llamo Jude corrigió levantando una ceja y torciendo un poco la boca.
      Nos sentamos uno enfrente del otro, separados por una deteriorada mesa. Abrí mi carpeta, extendí la documentación y me dispuse a leer.  
          —Jude... cedí —. Aquí dice que naciste el 12 de marzo de 1939, por lo tanto, tienes 34 años. Y que vives en el 123 Walnut St., Yellow Springs, Manhattan. ¿Correcto?
           —Correcto —dijo mirándome con sus inquietantes ojos verdes.
          —También que eres programadora de las máquinas expendedoras en los restaurantes de autoservicio Horn and Hadart de Manhattan. ¿Correcto?
          Lo era, me marché la semana pasada contestó con sequedad—. Tengo pensado dejar en breve la ciudad.
          —Programar esas máquinas no ha de ser fácil.
          —Todo el mundo puede hacerlo si se lo propone —me interrumpió—. Yo lo aprendí leyendo un solo libro: Teach Yourself Fortran.
          —Eso refuerza mi impresión de que eres una mujer inteligente —le dije con sinceridad—. ¿Cómo te metiste en este lío?
 Qué más da respondió con un sonoro suspiro y levantando la mirada hacia un techo repleto de manchas de humedad seca. Yo te contaré mi versión y las autoridades te darán otra. Es inútil dijo sin dejar de jugar con las puntas de sus dedos.
Si no me cuentas los hechos no podré preparar una buena defensa argumenté. Los cargos no son graves, pero si me ayudas, puedo sacarte antes de aquí.
            Puso los codos en la mesa y sostuvo su cabeza con las dos manos. Fijó la mirada en los documentos y respiró hondo. ¿Por qué una mujer con educación y lista como aquella se había metido en ese lío? Sin proponérmelo pensé en mí hija, y me asusté.
             Jude cedió, resoplando, a contar lo sucedido. Dijo que estaba con un grupo de mujeres en una manifestación para reivindicar el derecho a acceder a Internet libremente. Querían un módem para cada una de ellas, para todas. Luego la cosa se puso fea. Vino la policía para dispersar la manifestación, algunas de nosotras nos negamos y nos atamos una a otras con cuerdas. Un policía nos arrastró como a ganado, me levanté y le propiné un puñetazo en toda la nariz; sangró como un cerdo. El resto te lo puedes imaginar.
             —Me lo imagino —confirmé—.¿Que es un módem? pregunté, convencido de que debía ser algo exclusivamente femenino.  
              Había oído hablar de internet; sabía que lo usaban los militares y alguna que otra universidad. Pensé que esa chica era una ingenua. ¿Cómo podía pretender acceder libremente a una cosa así? Me miró de arriba abajo sorprendida o más bien irritada, removiéndose dentro del enorme uniforme verde que ayudaba a darle un aspecto desgarbado.
              ¿Como vas a defenderme si ni siquiera sabes de lo que estoy hablando? —dijo resoplando y apartando un mechón de cabello de la cara que se había soltado del recogido.
          ¿Que se había creído esa mujer?  Me sentí algo ofendido. Sin embargo, fue más fuerte mi curiosidad, e insistí.
             Es un dispositivo que, conectado a una computadora, permite la comunicación con otras computadoras por vía telefónica expuso con retintín arrastrando las palabras y con una gran sonrisa despectiva que, entonces sí, consiguió enojarme.
           —¡Y para qué coño necesitáis las mujeres este aparato! —alcé la voz agraviado.
            —¡Para no tener que depender de estúpidos como tú! —gritó.
         Tuve que frenar el impulso de insultarla y dejarla ahí a su suerte. Me pregunté por qué me había enfurecido una nimiedad como aquella. Había recibido afrentas más graves durante mi vida profesional, y hasta un puñetazo.
           —¿Volvemos a empezar? —propuse con mi mejor sonrisa forzada—. A lo mejor no soy tan obtuso y realmente quiero saber por qué crees que es tan importante que las computadoras estén conectadas entre sí, y vosotras a ellas.
          Accedió. Me contó que cuando se comunicaba a través de la computadora nadie podía saber cuál era su sexo. Podía hablar de lo que quisiera, con quien quisiera, y con el tono que le viniera en gana. Tenía a su alcance toda la información sobre lo que le apeteciera y sin restricciones de ningún tipo. Podía codearse con un doctor en economía, o con un profesor de filología de igual a igual. Solo necesitaba conectarse a su computador y escribir. Estaba convencida de que, si para ella era una liberación, lo podía ser para todas las mujeres,y,  por qué no, para todos los hombres —se rio guiñando un ojo—.  Mientras se explicaba se iba entusiasmando como si poseyera un secreto al que me permitía poder acceder. Desaparecieron los clavos de la silla y solo se movían sus manos y su boca. Yo la escuchaba sin dejar de mirar el brillo de sus pupilas, mientras me preguntaba qué tenía de especial esa chica desgalichada.
             Cuando me despedí, le dije que no se preocupara, que su caso era sencillo. Ella me sonrió sincera, y yo le correspondí. Me fui a casa. Allí me esperaba mi hija Paula, de seis años, oliendo a hogar. Corrió por el pasillo hacia mí. Me agaché, y ella me abrazó con sus brazos regordetes. Despedí a la canguro. Jugué con mi hija a comérmela a besos, y nos reímos un buen rato. Di de comer a los canarios. Cenamos. Y con mi hija ya durmiendo, me senté en el sillón orejero del salón, me serví una copa con dos dedos de vino blanco, y encendí un pitillo.  
             Mientras contemplaba las caprichosas formas del humo del cigarrillo, me pregunté si Jude tendría razón. Imaginé cómo sería un mundo en que todos estuviéramos conectados. Me pregunté si Paula viviría algo de eso. Todos hablando con todos, sin censuras. ¿Sin fronteras? ¿Con Vietnam o con Japón?  —me pregunté—. ¿Podrá Paula hablar con los presentadores de televisión? ¿Y podrá decirle al Richard Nixon de turno que es un impresentable? —Me reí con ganas— ¡Imposible! —me dije—  Fantaseé poder dialogar con mis divas favoritas: Patti Smith o Joni Mitchell. ¡Y si llegara a poder conversar con el mayor coleccionista de canarios, ese que vive en el estado de Minnesota! Sentí tal alboroto en mi mente que no me dormí hasta la madrugada.
            La volví a ver un par de veces. Nuestras conversaciones siempre fueron cordiales. Me contó que el motivo por el que había dejado el trabajo como programadora en la cadena de restaurantes era porque tenía pensado irse a Berkeley, donde quería unirse a una comunidad de programadores de izquierdas —hackers los llamó — y desde allí animar a las mujeres a unirse a la cultura cibernética.
            Ha pasado el tiempo y me había olvidado de ella por completo hasta hoy. Mi hija y yo estábamos cenando en la mesita de la cocina como hacemos siempre. Me disponía a levantarme al terminar el postre cuando mi hija me lo impidió cogiéndome de la mano.
            Siéntate —suplicó—, he tomado la decisión de estudiar informática. ¿Qué te parece?
            No pude reprimir una sonora carcajada mientras aceptaba su deci


"Las piedras y los palos pueden romperme los huesos, pero las palabras en una pantalla pueden hacerme daño sólo si y hasta que yo lo permita."
“En el hacking, como en el sexo, entra la actividad de un yo deseante. Y allí donde termina el conflicto mente-cuerpo comienza la liberación” 
Jude Milhon

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Con este cuento participo como #polivulgador , en la iniciativa de @hypatiacafe para el mes de marzo sobre #PVComunicados
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Interesante mujer, ¿verdad?
Os dejo este link del podcast “Universo paralelo” que es muy, muy interesante. En donde se habla de ciberpunks (movimiento del que fue fundadora Jude); de sobre cómo prevalece todavía ese ADN de un Internet libre; software libre; privacidad; adonde nos ha llevado Internet hasta ahora, y adonde es posible que nos lleve; peligros; lucha por el control de Internet. Repito, muy recomendado.

También os dejo el link de Wikipedia y de mujeres con ciencia, por si queréis profundizar en su persona.

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