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Jude Milhon


No esperaba que Judith Milhon me sorprendiera. Me llegó su expediente un lunes por la mañana, y el juicio se celebraba al siguiente. Soy abogado de oficio por tradición familiar, no por vocación. Así que prefiero los casos sencillos y los cargos de desobediencia civil suelen serlo. Sería rápido y ayudaría a engrosar mi currículo.
       El martes por la mañana fui a visitarla sin leerme el expediente. Solo las fichas policiales de sus arrestos; el primero por allanamiento en 1965. Durante los años que llevaba en la profesión, no había conseguido acostumbrarme al pesado ruido que hacían las sucesivas puertas de la prisión del estado al irse cerrando tras de mí. Imaginaba que un día se me iban a quedar allí dentro por error. Me sudaban las manos y el aire se volvía espeso. Mi exmujer, atribuía esos síntomas a que no me gustara mi trabajo. Decía, con sorna, que hubiera tenido que ser pajarero en lugar de abogado, por mí afición a los canarios.
      Le pedí al celador que esperara un poco antes de abrir la puerta de la celda reservada para las visitas abogado-cliente.  Me gusta observarlos a través del cristal de la pequeña portezuela superior que hay en todas las puertas del edificio. Jude no dejaba de mover su larguirucho cuerpo sin conseguir sentarse. Como si en la silla hubiera clavos. Parecía un animal cautivo buscando una salida en una jaula sin ventanas, y con suelo de cemento. Sin embargo, sostenía su mentón bien alto.
      Hola, Judith. Soy Sócrates Smith, tu abogado —saludé tendiendo mi mano que ella estrechó con fuerza.
      Me llamo, Jude corrigió levantando una ceja y torciendo un poco la boca.
      Nos sentamos uno enfrente del otro, separados por una deteriorada mesa bailarina. Abrí mi carpeta, extendí la documentación y me dispuse a leer      
       —Jude... cedí —. Aquí dice que naciste el 12 de marzo de 1939, por lo tanto, tienes 34 años. Y que vives en el 123 Walnut St., Yellow Springs, Manhattan. ¿Correcto?
      —Correcto —dijo mirándome directamente con sus inquietantes ojos verdes.     
      —También que eres programadora de las máquinas expendedoras en los restaurantes de autoservicio Horn and Hadart de Manhattan. ¿correcto?
     Lo era, me despedí la semana pasada contestó con sequedad—. Tengo pensado dejar en breve la ciudad.
     —Programar esas máquinas no ha de ser fácil.
     —Todo el mundo puede hacerlo si se lo propone —me interrumpió—, yo lo aprendí leyendo un solo libro: Teach Yourself Fortran.
     —Eso refuerza mi impresión de que eres una mujer inteligente —le dije sincero—. ¿Cómo te metiste en este lío?
     Qué más da respondió con un sonoro suspiro y levantando la mirada hacia un techo repleto de manchas de humedad reseca. Yo te contaré mi versión y las autoridades te darán otra. Es inútil dijo sin dejar de jugar con las puntas de sus dedos.
     Si no me cuentas los hechos no podré preparar una buena defensa razone. Los cargos no son graves, pero puedo sacarte de aquí antes si me ayudas.
     Puso los codos en la mesa y sostuvo su cabeza con las dos manos. Fijó la mirada en los documentos y respiró hondo. ¿Por qué una mujer con educación y lista como aquella se había metido en ese lío? Sin proponérmelo pensé en mí hija, y me asusté.
      Jude cedió, resoplando, a contar lo sucedido. Dijo que estaba con un grupo de mujeres en una manifestación para reivindicar el derecho a acceder a internet libremente. Querían un modem para cada una de ellas, para todas.
      ¿Qué es un módem? pregunté convencido que debía ser algo exclusivamente femenino y de ahí mi ignorancia. Había oído hablar de Internet; sabía que lo usaban los militares y alguna que otra universidad. Pensé que esa chica era una ingenua. ¿cómo podía pretender acceder libremente a una cosa así?
      Abrió los ojos como platos y me miró irritada removiéndose dentro del enorme uniforme verde que ayudaba a darle un aspecto desgarbado.
      ¿Cómo vas a defenderme si ni tan siquiera sabes de lo que estoy hablando? dijo resoplando con grandes morritos apartando un mechón de la cara que se había soltado del recogido.
      ¿Qué se había creído esa mujer?  Me sentí algo ofendido. Sin embargo, fue más fuerte mí curiosidad, e insistí.
      Es un dispositivo que, conectado a una computadora, permite la comunicación con otras computadoras por vía telefónica expuso con retintín arrastrando las palabras y con una gran sonrisa despectiva que, entonces sí, consiguió enojarme.
      ¡Y para qué coño necesitáis las mujeres este aparato! alcé la voz agraviado.
      —¡Para no tener que depender de estúpidos como tú!gritó.
      Tuve que frenar el impulso de insultarla y dejarla ahí a su suerte. Me pregunté por qué me había enfurecido una nimiedad como aquella. Había recibido afrentas más graves durante mi vida profesional, y hasta un puñetazo.
     ¿Volvemos a empezar? —propuse con mi mejor sonrisa forzada—. A lo mejor no soy tan obtuso y realmente quiero saber porque crees que es tan importante que las computadoras estén conectadas entre sí, y vosotras a ellas.
      Mientras me contaba que cuando se comunicaba a través de la computadora nadie sabía cuál era su sexo, Jude se iba entusiasmado y yo con ella. Desaparecieron los clavos de la silla y solo se movían sus manos y su boca. Y yo escuchaba sin dejar de mirar el brillo de sus pupilas. ¡Se sentía libre! ¡Allí dentro se sentía libre! Como si poseyera un secreto al que solo ella podía acceder.
     Jude creía que internet era una herramienta liberadora superpoderosa. Una escuela para muchas mujeres que no habían podido ir al colegio y donde el anonimato permitía que todo el mundo pudiera ser lo que quisiera en cualquier momento. Su implicación en defender el derecho de la mujer a acceder a la tecnología la llevaba a Berkeley donde quería unirse a una comunidad de programadores de izquierdas hackers los llamó y desde allí animar a las mujeres a unirse a la cultura cibernética.
       Cuando me despedí le dije que no se preocupara, que su caso era sencillo. Ella me sonrió sincera y yo le correspondí. Me fui a casa. Allí me esperaba mi hija de seis años que me abrazó con sus pequeños brazos regordetes. Despedí a la canguro. Jugué con mi hija a comérmela a besos, y nos reíamos un buen rato. Di de comer a los canarios. Cenamos. Y con mi hija ya durmiendo, me senté en el sillón orejero. Y mientras contemplaba las caprichosas formas del humo del cigarrillo fui consciente de que Jude había inyectado en mi la curiosidad por el mundo cibernético. Me excitaba pensar en la posibilidad de crear un mundo conectado donde la información fluyera libremente para todos por igual. ¿Y si se lograran romper los bloques y realmente fluyera la información libremente? ¿Sería eso posible? Era estimulante pensar que si. Y fantaseé con un futuro mejor.
       A la mañana siguiente me personé en la central de mi proveedor de línea telefónica y encargué un módem para mi hija. Y para mí.


"Las piedras y los palos pueden romperme los huesos, pero las palabras en una pantalla pueden hacerme daño sólo si y hasta que yo lo permita."
“En el hacking, como en el sexo, entra la actividad de un yo deseante. Y allí donde termina el conflicto mente-cuerpo comienza la liberación” 
Jude Milhon

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Con este cuento participo como #polivulgador , en la iniciativa de @hypatiacafe para el mes de marzo sobre #PVComunicados
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Interesante mujer, ¿verdad?
Os dejo este link del podcast “Universo paralelo” que es muy, muy interesante. En donde se habla de ciberpunks (movimiento del que fue fundadora Jude); de sobre cómo prevalece todavía ese ADN de un Internet libre; software libre; privacidad; adonde nos ha llevado Internet hasta ahora, y adonde es posible que nos lleve; peligros; lucha por el control de Internet. Repito, muy recomendado.

También os dejo el link de Wikipedia y de mujeres con ciencia, por si queréis profundizar en su persona.

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