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Alice Augusta Ball (I)

Ese viernes de 1977 había terminado mis clases y como de costumbre me dirigí a la biblioteca. Nadie me esperaba en casa. Me gustaba perderme entre páginas descoloridas y evadirme con relatos que me paseaban entre la leyenda y la realidad. Buscaba algo para motivar a mis alumnos y a mí misma. Y lo encontré.
La biblioteca del campus de Manoa en Honolulu está ubicada en el edificio antiguo. Es bajo y envuelto de espesa vegetación, como todo en Hawaii. Las columnas de la entrada, de sobrio estilo colonial, se asientan sobre un suelo de mármol. La sala principal está recubierta por rojizas y esbeltas estanterías, de madera de Koa, rellenas de libros de todas medidas y colores. Las mesas, no muy grandes, acostumbrábamos a compartirlas entre colegas del departamento de asuntos culturales. Sin embargo, ese viernes me pareció estar rodeada de desconocidos.
Me sobresaltó mi vecina de mesa al dejar sin delicadeza un gran volumen a mi derecha. Miré de reojo. El libro lo había dejado abierto muy cerca, y pude ver con claridad la fotografía de una mujer afroamericana junto a dos hombres hawaianos. Los tres estaban engalanados con la toga, el capirote y el birrete, ese gorro plano rematado con una borla. Mujer de ojos grandes y redondos. Pelo negro, corto y rizos amazacotados. Nariz grande y redonda pero no chata. Labios anchos bien definidos. El cuello largo doblado un poco hacia la derecha con delicadeza. Me pregunté si sería real esa dulzura o fueron las artes del fotógrafo. Todo ello, y la tristeza reflejada en su joven rostro, sembró en mi la curiosidad.
—Disculpa, ¿qué libro estás consultando? —pregunté con voz tan baja que tuve que repetir la pregunta. Cuando se giró, advertí que era una de mis alumnas. La joven lectora me acercó el volumen. Era el archivo de los estudiantes titulados con máster. Le pedí que me lo prestara unos segundos. La fotografía correspondía a la titulación en química de 1915.
—Profesora Takara ¿está usted bien? —me pregunto la chica, mirándome con enormes ojos negros, sorprendida de mi reacción.
—Si, ¿cómo no iba a estarlo? —le conteste con ademanes de ofendida.
—Disculpe me pareció que…
—Si, claro, me ha desconcertado la fecha de esta fotografía —le expuse mientras le acercaba el libro —. Eres Pua ¿verdad?
—Pua Ulucau —puntualizó mientras observaba la fotografía.
—¿No te parece impresionante esta chica? Mujer y negra, dos hándicaps que no le debieron facilitar las cosas.  Sin embargo, ¡obtuvo un máster de química en 1915! —dije emocionada con voz algo entrecortada esperando no molestar—. En aquella época, a las mujeres se les vetaba la universidad. ¡Imagínate optar a un máster de química! Solo por eso tendría que figurar en nuestros libros de historia, y me ha extrañado no conocerla.
Pua me miró sin parpadear, y con una ceja levantada. Quise interpretar que también ella se estaba motivando con el hallazgo. Le propuse, como un juego, que me ayudara a averiguar quién era. Para convencerla le prometí que le serviría para mejorar su nota.
           Mientras nos dirigíamos a buscar el archivador de exalumnos, no podía dejar de preguntarme cómo era posible que no supiera nada de ella, descubrimos que se llamaba Alice Augusta Ball y había nacido en Seattle en julio de 1892.
            Señora Takara, es posible que todavía esté viva. Podríamos hacerle una entrevista propuso Pua que, además, de ser una buena estudiante, era perspicaz.
             El lunes envié a Pua al registro de Honolulu. No constaba su muerte, y tampoco dirección alguna. Así que llamé por teléfono a una colega en Seattle para que se acercara al registro de esa ciudad a preguntar. Me sorprendió mi impaciencia por tener noticias de Seattle. Pero mi amiga no se hizo esperar, y a los pocos días me comunicó que Alice había muerto el 31 de diciembre del año siguiente al de la fotografía.
             —Qué joven dije con el corazón en un puño, mientras me preguntaba si la tristeza reflejada en su rostro era premonitoria de su muerte—… ¿De qué murió? —quise saber.
             —Sobre el papel aparece tuberculosis contestó mi amiga—. Pero, Kathlyn —siguió—, hay algo extraño... Modificaron la causa de la muerte. Escribieron “tuberculosis” encima de un tachón.  —dijo con voz muy baja. Me pareció que temblaba al otro lado del teléfono o ¿era yo?
             ¿Por qué habían modificado la causa de la defunción? ¿Qué le pasó a Alice para que muriera con veinticuatro años? Ya no pude dejarlo.
              Esa misma tarde, Pua y yo, nos dirigimos al departamento de química para saber si alguien conocía o había oído hablar de Alice. Tuvimos la suerte de encontrar al anciano catedrático Moke, en simbiosis con el sillón verde de la sala de profesores y, fumándose un enorme puro. Desde que se jubiló pasaba más tiempo en esa sala que en cualquier otro sitio.
              —Hola, Kathlyn —me saludó el químico haciendo ademán de levantarse, y dejando el habano en el cenicero —. Me alegro de verte. ¿qué haces tú por aquí, en la zona de ciencias? —dijo con sarcasmo.
              —Hola, Moke, también me alegro de verte —saludé con retintín—. Pero no te levantes. —le dije ofreciendo mi mano, que él apretó con una fuerza inesperada.
               Luego le presenté a Pua, y nos sentamos a su lado, pero lejos del molesto humo del cigarro. Una vez nos pusimos al día, de los chismorreos de nuestros respectivos departamentos, pregunté;
               —¿Has oído hablar de una chica afroamericana que obtuvo el máster de química en el año 1915?  —dije sin dilación—. Se llamaba Alice Augusta Ball, y murió con veinticuatro años.



Este cuento inspirado en Alice Ball participa en la iniciativa de @hypatiacafe sobre #PVenfermedad

Este cuento esta inspirado en : ALICE AUGUSTA BALL



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