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Alice Augusta Ball (II)



El respetado profesor no dijo nada. Aspiró el humo de una calada con lentitud, paladeando el momento, y frunciendo el entrecejo. Me divertí imaginando que estaba buscando en archivadores de memoria tan deteriorados como su aspecto.
               —Mi profesor de farmacia, Harry T. Hollmann —dijo de pronto—, nos hablaba del método que usó una brillante química afroamericana para aislar elementos activos. No recuerdo mucho más; hace mucho tiempo de eso.  Sin embargo, tenía relación con la enfermedad de Hansen y Kalaupapa —contó de carretilla como, si realmente, estuviera leyendo un archivo.
              Recordar le debió suponer un gran esfuerzo porque cerró los ojos, y pareció que se dormía. Nos miramos con mi joven alumna sin saber qué hacer.
               —Yo, de ti —dijo de sopetón asustándonos—, me dirigiría al Hospital Kalihi. Harry T. Hollmann trato a muchos enfermos de Kalaupapa allí puntualizó Moke volviendo a perder la consciencia.
              Me despedí del viejo profesor, sin estar segura de que me hubiera oído, y nos fuimos directamente al Hospital Kalihi.
              Mi bisabuelo murió de lepra en Kalaupapa. Jack London, describió Kalaupapa, en la isla de Molokai, como el centro del infierno. Tenía tres lados de su área rodeados por el mar, y el cuarto estaba cerrado por un acantilado de más de seiscientos metros de altura. Era difícil llegar, pero aún lo era más salir. No había cura para la lepra y el miedo al contagio y las supersticiones fueron los acicates para crear esa ciudad de aislamiento. Los enfermos eran llevamos allí a morir. No en vano la llamaban la ciudad de los muertos vivientes. Esos recuerdos espolearon todavía más fuerza mi curiosidad por Alice. ¿Que tenía que ver ella con Kalaupapa?            
—Buenos días —saludé a una mujer que estaba sentada en la entrada del archivo del hospital. Mientras le entregué la acreditación de la universidad que me daba derecho a fisgonear en todos los documentos del país. Bueno, en casi todos.
—Buenos días. ¿A qué volúmenes o registros quiere acceder? —contestó sin mirarme y colocándose delante del ordenador con pereza.
—Estoy buscando información sobre una mujer llamada Alice Augusta Ball, que obtuvo el máster de química en Honolulu en 1915, y del doctor Harry T. Hollmann —le expuse con entusiasmo.
Ella siguió sin mirarme, impasible a mi fervor. Tecleó y miró la pantalla, pensé que sin ver. Al cabo de un larguísimo rato, me respondió que parecía haber algo sobre el doctor en la sección sobre la enfermedad de Hansen, en el tercer sótano del bloque K.
—Van a tener que vestirse con guardapolvo —me dijo con sorna—, los documentos de esa sección no están digitalizados.
Al abrir la puerta del tercer sótano del bloque K, nos paralizó el hedor a papel podrido. Nos tapamos la nariz y la boca reprimiendo el vómito. Apunte estuve de desestimar mi personal cruzada al ver el desorden de toda esa sección. Me asustó la posibilidad de no encontrar información sobre la identidad de Alice. Pero no lo hice.
Estábamos en época de lluvias, y el sótano era una verdadera sauna. Sin embargo, allí entramos decididas. Un lugar sin ventilación, iluminado por la fría luz de fluorescentes en fila. Largas estanterías, metálicas y altas hasta el techo, llenas a doble fondo de carpetas atadas por cordeles de cáñamo. El suelo no lo habían barrido en años, y el moho cubría las paredes. Nos cubrimos enteras de polvo y de telarañas, y más de un bicho con mil patas nos hizo gritar.
Primero nos centramos en Alice, pero no encontramos nada. Luego en el doctor Harry T.Hollmann y la enfermedad de Hansen. La suerte quiso que halláramos un dossier de 1922 firmado por Hollmann titulado: “Los ácidos grasos del aceite de chaulmoogra en el tratamiento de la lepra y otras afecciones”. En él había grapado un recorte de prensa del que sólo se podía leer el titular:” La heroína de Hawái” publicado en el Honolulu Advertiser en 1925.
Cogí los documentos con las dos manos con cuidado, cómo el que lleva una bandeja llena de copas de champán, llenas hasta el borde, y no quiere derramarlas. Nos sentamos en una destartalada mesa sin importarnos la suciedad. Deposité los escritos con cautela encima de la mesa. Soplé el polvo de encima de los papeles. Estornudamos. Nos miramos y sonreímos. Destacaba el contraste del deterioro, causado por el paso del tiempo, y la pulcritud del mecanografiado. Al intentar abrir las amarillentas hojas, al mismo tiempo que sacaba la grapa que unía los dos escritos, las hojas de papel se me deshicieron en las manos. Se desintegraron, literalmente, en pequeños trozos y en polvo ocre. Pua me cogió fuerte del antebrazo y apretó los labios con fuerza. Yo me tapé la boca reprimiendo un improperio.
 —Señora Takata —dijo Pua entornando los ojos—... Todavía podemos acercarnos a la redacción del Honolulu Advertier —propuso con el arrojo que da la juventud.
             Tenía razón. No me lo pensé. Nos expulsamos el polvo. Salimos de ese insalubre sótano, y, sin despedirnos de la agria mujer de recepción, pusimos rumbo al periódico a paso ligero.


Este cuento esta inspirado en : ALICE AUGUSTA BALL

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