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Alice augusta Ball (III Fin)

(viene de la parte II)
En la sede del periódico nos atendieron con amabilidad. Me sorprendí de que nos llevaran directamente al despacho del director. Pensé que se habrían confundido, pero no iba a protestar.
 —Pasen, pasen indicó con diligencia el joven con tejanos y chaqueta azul.
Entramos en una oficina confortable pero no opulenta, presidida por una ventana que daba a al jardín.  Frente la ventana, la mesa, y a sus espaldas una librería, saturada de archivadores.
—Buenas tardes. Me han dicho que es usted del departamento de asuntos culturales de la facultad Manoa. ¿Cómo dice que se llama?
 —Buenas tardes saludé—. Soy Kathlyn Takara y esta es mi alumna Pua Ulucau.
Nos sentamos delante de él. La mesa estaba repleta de carpetas de colores, con desorden ordenado.
—¿Qué desea saber de mí padre, Kathlyn?
—¿Su padre? —pregunté sorprendida mirándole directamente a los ojos y, la boca abierta.
—Sí, el periodista que firmó el artículo sobre Alice Augusta Ball, “La heroína de Hawái” —soltó con una sonrisa mientras jugaba con un bolígrafo de plástico. Me soprendió que no escribiera con uno de más calidad—. ¿Cómo ha llegado hasta mi padre?
Le conté cómo nuestra investigación nos fue poseyendo. La fotografía, el máster en química, 1915, el viejo Moke, el doctor, la lepra y Kalaupapa, el sótano del hospital. Kalaupapa y mi bisabuelo... Él escuchaba paciente, y con interés mi disquisición, sin dejar de jugar con el bolígrafo.
—Por lo que entiendo no sabe lo que es el “método Ball” o “método Dean” ¿verdad?
—No, cuénteme —supliqué.
—Mi padre escribió este artículo a petición del doctor Harry L. Hollmann —dijo con la mirada perdida al otro lado de la ventana—. Siempre me contaba esta historia como ejemplo de periodismo de investigación. Según él, un buen periodista está obligado a dar visibilidad a las injusticias para que la sociedad pueda aprender de sus errores.
Me acercó la única fotografía que había sobre el escritorio. En ella, un niño miraba admirado a un hombre joven, que supuse era el padre, señalando la rotativa de un periódico.
—¿Qué tiene que ver Alice con Kalaupapa? —insistí
—Salvó la vida de muchos enfermos de lepra, y mejoró la vida de otros tantos.
—¿Cómo?
—Harry L. Hollmann trataba a enfermos de lepra en el Hospital Kalihi. Desde Kalaupapa le traían a los recién infectados. El único remedio que no curaba pero aliviaba algo los síntomas era el aceite de chaulmoogra —contó sin dejar el bolígrafo y mirándome directamente.
De pronto interrumpió el relato, se levantó y nos dio la espalda. Miré a Pua. Ella alzó las cejas, inquisitiva. Le respondí levantando los hombros y encorvando la espalda. Él se dio la vuelta y nos ofreció algo de beber. Rechazamos el ofrecimiento. Se sirvió agua del pequeño frigorífico que tenía detrás, en la estantería camuflado entre los archivos, y siguió:
—El aceite de chaulmoogra se podía aplicar directamente en la piel, ingerido o inyectado. Lo más eficaz era inyectar; sin embargo, los efectos secundarios eran terribles.
» Como todos los aceites, el de chaulmoogra, no era soluble en agua (el cuerpo de un adulto es un 60% agua). El tratamiento se quedaba alojado bajo la piel, como burbujas que se desplazaban de un lado a otro, causando un terrible sufrimiento al paciente. Harry era consciente de que necesitaba un químico que mejorara la composición del fármaco. Fue entonces cuando pensó en Alice. Estudiante inteligente, trabajadora y motivada. Alice no se lo pensó, le gustaban los retos. En tan solo un año, y con veintitrés años, consiguió aislar el principio activo del aceite de chaulmoogra para que, al ser inyectado, fuera absorbido con eficacia.
» Arthur L. Dean, presidente de la Universidad de Hawái, comenzó a producir y a comercializar grandes cantidades del extracto. Lo llamó “método Dean” sin mencionar a Alice en ningún informe.
» Harry le contó a mi padre que Alice era un verdadero genio y se merecía que la historia le hiciera justicia. El método debía llamarse “Ball”. Para ello, había que escribir un artículo que contara al mundo lo ocurrido. Mi padre así lo hizo. Sin embargo, se le otorgó más credibilidad a Dean por el solo hecho de ser el presidente de la Universidad.
—¿Qué fue de Alice? —preguntó Pua, removiéndose en la silla.
—Nadie lo supo nunca —dijo mientras bajaba la cabeza y levantaba el labio inferior—. Solo sé que volvió a su ciudad natal, Seattle.
—Descubrimos que murió al año siguiente de su graduación y de su descubrimiento. ¿Sabe de qué pudo morir? —pregunté—. Modificaron la causa en el registro de su defunción.
—¡Que tragedia! Morir tan joven y con un potencial como el suyo —expresó sinceramente afectado—. No lo sé. Y si mi padre lo llegó a saber, nunca me lo contó. Sólo me insistía en que Dean había cometido un abuso de autoridad con la apropiación indebida del trabajo de Alice. Y que era nuestra obligación, como periodistas, denunciarlo. Lo siento.
—Me pregunto cuántas mujeres, que han logrado mejorar el mundo en que vivimos, han caído en el ostracismo por motivos similares —dijo Pua con determinación, cruzando los brazos sobre el pecho y levantando un poco la barbilla.
Cuando salimos a la calle observé a mi alumna con detenimiento. Andaba erguida, con la sonrisa del que guarda un hermoso secreto, y segura del camino que había tomado. Me sentí orgullosa de ella.


Este cuento esta inspirado en : ALICE AUGUSTA BALL





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