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Caroline Herschel (I)


Caroline esperaba sentada en la antesala del despacho a que el tesorero la llamara. Estaba a punto de cobrar su primer sueldo. Mientras acariciaba el grueso dossier que tenía en su regazo recordaba lo sucedido aquel día. Comprobó que, a pesar del tiempo transcurrido, todavía la atormentaba.

          Evocó la cocina de la casa familiar siempre  iluminada por dos arañas de cedro con cuatro velas. Una encima de la mesa de roble, en el centro de la estancia, y la otra en la encimera al lado de la despensa. Para Caroline, la llegada de la noche anunciaba el mejor momento del día. Subía a la terraza, en el tercer piso, y dejaba fluir con libertad sus pensamientos.
        —Ya entré el carbón del patio. Subo a la terraza, madre —dijo Caroline de pie cerca de la puerta, y con un pie en el pasillo.
        —No —respondió la madre mientras repasaba el correo sentada en la mesa de la cocina—, primero quiero que almidones las enaguas.
        —Puedo hacerlo mañana por la mañana temprano —propuso la chica apretando con fuerza lo dientes y cerrando los puños—. Faltan cuatro días para el evento. Hay tiempo suficiente...
        —He dicho que no. Lo primero es la obligación, luego la devoción —increpó la madre sin mirar a la hija—. Es tu responsabilidad.
        Caroline no insistió. La madre, una mujer espigada de rasgos angulosos, se levantó y se fue dándole la espalda dejando, tras de sí, el rastro de su perfume. Caroline se sentó un momento en una silla. Resiguió, con la punta del dedo índice, los surcos en la mesa de roble mientras miraba por la ventana. La semana pasada había visto unas luces muy juntas y no supo establecer qué tipo de objetos podrían producirlas. Hoy la noche era clara y sin nubes. Con desgana llenó de agua con almidón un barreño e introdujo los refajos. Enojada dió un puñetazo a las enaguas empapadas y lo bañó todo de blanco almidón. Caroline no se conformaba.
           Esa noche Caroline no había dormido observando esos misteriosos objetos hasta el amanecer. No los supo identificar en el mapa que le legó su padre. 
          Cuando oyó la campanilla de la entrada fue abrir la puerta. Era el cartero.
          —Buenos días, Gerd —dijo al abrir la puerta—. ¿Qué tal están hoy las calles de Hannover? —preguntó al muchacho que se había quedado sin subir los dos escalones de la entrada.
          —Buenos días, señorita Caroline —le contestó sin levantar la vista —. Movidas. Todo el mundo se prepara para recibir al gobernador.
         —Me lo imagino.
         —Esta vez hay carta de su hermano desde Bart, Inglaterra —dijo acercándole las misivas sin atreverse a mirarla.
         —¡Por fin!
         —¿Me podría dar un vaso de agua, por favor?  —pidió el muchacho de pelo erizado y rojo.
         —Si claro, pasa.
         Ella se apartó del dintel de la puerta para dejarlo pasar. El chaval subió los dos peldaños de la entrada y la siguió hasta la cocina. Caroline le llegaba al hombro. De niña casi se muere. La viruela y luego el tifus, además de dejar en su cara horribles cicatrices, no la dejaron crecer con normalidad. Solo medía 130 centímetros.
        —Siéntate y descansa un rato —le dijo mientras acercaba un vaso y la jarra de agua a la mesa.
        —Gracias —dijo mirándola a los ojos en un arrebato de valor.
        —No te de apuro mirarme —dijo con una rápida sonrisa forzada—. Estoy acostumbrada.
        —Disculpe, no quería ofenderla por nada del mundo —contestó bajando la cabeza y retorciendo el gorro que se había sacado al entrar en la casa.
         —No me ofendes —respondió ella sentándose con él en la mesa
         —La carta va dirigida a su madre no a usted como de costumbre. ¿Espero que no le pase nada a su hermano? —puntualizó el chico mientras se llenaba el vaso, y bebía con avidez ruidosa.

Con este cuento participo  como #polivulgador en la iniciativa de @hypatiacafe sobre #PVluz  Y está inspirado en Caroline Herschel que se pasó la mayor parte de su vida contemplando la luz del cielo

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