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Caroline Herschel (II)


      —¡Oh, no! no te preocupes. A William lo nombraron director de la orquesta sinfónica de Bart. En ella —dijo señalando la carta que había dejado en la fuente que adornaba la mesa—, le pide a mí madre que me deje ir con él. Que en Inglaterra podré seguir mis estudios de canto. Y que él se hará cargo de todo.
        Le contó que ella era una buena soprano —Él le dijo que la había oído cantar mientras se acercaba a la casa cuando repartía el correo, y que lo hacía muy bien—. Ella entusiasmada movió su pequeño pero ágil cuerpo como si la fuerza de la esperanza pudiera realmente mover montañas. Sus negros y brillantes ojos miraban hacia una lejanía que el chico no podía ver. Le explicó que de noche subían con su hermano a la terraza a mirar el cielo. Lo echaba de menos. Hacían carreras para saber quién de los dos identificaba antes el objeto luminoso en el mapa del cielo de su padre. Le explicó también, que su padre les había enseñado aritmética, astronomía, música y muchas otras disciplinas. Y que cuando se murió siguió aprendiendo al lado de su hermano.
        —Esta noche precisamente me la he pasado… —interrumpió su alegato al darse cuenta que el chico pelirrojo, apurado, se miraba el reloj que había al lado de la alacena. El entusiasmo no le había dejado ver que estaba hablando con el cartero. Y que no podía comprenderla. Se disculpó, le dijo que debía tener prisa y lo acompañó a la puerta.
          Dos horas más tarde, cuando Caroline oyó la puerta de la calle cerró el libro, lo devolvió a la biblioteca de su padre y bajó corriendo las escaleras. Esa fragancia inconfundible precedió a su madre. La encontró ya sentada en la mesa de la cocina, y abriendo la correspondencia. El corazón le dio un brinco y contuvo la respiración.
         —Hola, madre —saludó—. Hay carta de William —le dijo de pie, con la cabeza alta y las manos cruzadas en el rechazo.
         —Bien, vamos a ver que nos cuenta tu hermano.
         La madre se colocó los anteojos en la punta de la nariz y se alejó el sobre calculando la distancia idónea para poder leer. Lo abrió despacio. Caroline hubiera tenido que ir antes al baño y liberar su vejiga. La impaciencia y el apretón eran de tal calibre que cruzó la pierna, y a moverlas de forma inusual.
        —¡Estate quieta Caroline! —le dijo con sequedad.
        —Es que me estoy meando. Pero quiero saber que nuevas nos trae William.     
        —Pues ve primero al baño. Te espero.  
        Caroline salió corriendo al patio. Entró en la caseta del inodoro, orinó y echó el agua del cubo preparado para tal función. No lo llenó, ya lo haría luego. Y volvió corriendo a la cocina. Sin embargo, su madre ya había guardado la carta en el sobre.
        —¡Me dijo que esperaría! —dijo frunciendo el ceño sorprendida—. Pero dígame, ¿que cuenta William?
        —Nada de importancia. Lo de siempre. El éxito indiscutible que tiene la orquesta. Cuantos conciertos ha dado. Que de aquí tres meses vendrán a dar un concierto en Alemania, en Dortmund concretamente. Que ha conocido a una chica, que no nos da su nombre todavía.
        —¿Ningún recado para mí? —pregunto sorprendida.
        —Pues no, Caroline —contestó segura mientras abría otro sobre.
        A Caroline se le fue haciendo una bola en la garganta. Notaba como las lágrimas se iban acumulando en sus ojos y como el estómago se retorcía removiendo los jugos. Subió de tres en tres las escaleras hasta la terraza y vomitó en un rincón apoyada en la barandilla. Se echó al suelo, sin importarle la suciedad, con los brazos abiertos. Entregada a ese cielo que tantos misterios escondía y que tanto amaba. Luego se replegó en una bola y lloró, lloró hasta que oscureció. ¿Cómo podía ser? Su hermano no le mentiría. Le prometió en su última carta que se lo pediría. Que asumiría todos los gastos de manutención y estudios. Su madre no podría negarse. No comprendía. ¿Qué había pasado? Luego cayó en la cuenta de que no había podido leer la carta. ¿Y si su madre le había mentido? Y ¿si no quería que se fuera con William? Pero... ¿por qué? ¿qué sentido tenía?
       Encontró a su madre en su habitación delante el tocador peinando su cabellera oscura.
       —Disculpe madre, pero no es posible que William no le escribiera hablando de mí. Tenemos proyectos —increpó a su madre con el coraje que da el sentirse traicionado—. Quiero leer la carta —exigió con el mentón el alto y la mirada furiosa.
      —¿Como te atreves a hablarme con ese tono? —reaccionó la madre levantándose con la mano abierta dispuesta a darle una bofetada.  
      —Porque no la creo madre —le dijo mientras se apartaba para esquivar el sopapo.
      —¿Que vas a hacer allí sola? ¡Mírate al espejo! ¿Quién va a querer casarse contigo? —gritó enfurecida mientras se ataba demasiado el cinturón de la bata, y la barriga se le hinchaba como un globo.
      —Lo sé, pero no me importa —dijo con lágrimas en los ojos —. Padre me dijo que podría llegar donde quisiera si adquiría los conocimientos suficientes. Que me abriría puertas. Y me ilustró como a mis hermanos a escondidas.
       Caroline se sorprendió de su atrevimiento. Nunca le había hablado a su madre de su padre.
      — ¡Eres una mujer, y como tal no necesitas de estudios! —expuso torciendo la boca —. Tu padre era un pobre iluso.
      —¡Los libros y la música son mi vida! —gritó dando una patada en el suelo que resonó en toda la casa.
      —¡Infeliz!  ¿Que no lo ves? Para el mundo eres un ser deforme e impuro. Lo mejor que puedes hacer es ocuparte de los trabajos del hogar. Así, al menos te sentirás útil.
      —Pues déjeme que me cuide de la casa de William, por favor —suplicó temblando.  
      —No es posible, te necesito aquí —sentenció—. No vas, y punto. Y ahora ¡Desaparece de mí vista!


Continua en III fin

Con este cuento participo  como #polivulgador en la iniciativa de @hypatiacafe sobre #PVluz  Y está inspirado en Caroline Herschel que se pasó la mayor parte de su vida contemplando la luz del cielo

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