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Lui


Lui no era aficionado a dar paseos debido a un ligero sobrepeso, pero la discusión del día anterior en la sala de profesores había sido tan demoledora que esa mañana le apeteció salir a la calle. Se cubrió con el abrigo que siempre colgaba del perchero del recibidor y, mientras cerraba la puerta tras de sí, buscó la forma de que su espesa mata de pelo rojo no escupiera el sombrero de su cabeza. Saludó al chico del quiosco de enfrente de su casa y se encaminó calle abajo sin rumbo fijo.
            Era un precioso domingo de invierno en el que el Sol se esforzaba en acariciar las calles de Viena. Parecía que todos sus habitantes habían salido de sus casas entusiasmados por romper, por unas horas, con sus estructuradas vidas. Lui andaba mirándose la punta de los zapatos, las manos en los bolsillos y su cuello escondido en el del abrigo. Un pie detrás del otro al compás de la suela al pisar el adoquinado. Con control. En su mente no dejaban de chirriar los argumentos sobre leyes universales y el respeto por los grandes maestros. La ciega certidumbre de sus colegas no sólo le había vuelto a producir una tremenda decepción sino que, como ya era costumbre, un fuerte dolor físico se había ido extendiendo por todo su cuerpo durante la noche.
              De pronto Lui se paró en seco, levantó las cejas y se rascó la barba que le llegaba al pecho; luego, ajustó con el dedo índice los redondos anteojos que habían resbalado hasta la punta de su nariz de tanto mirarse los pies. Inquieto miró por encima de su hombro derecho, y sin volverse dio marcha atrás intentando pisar exactamente sobre sus propios pasos. Una muchacha que se cruzó con él dejó escapar unas risas. Después levantó la mirada y se fijó en el incesante flujo de personas de su alrededor: A su derecha tres críos, que jugaban felices bajo los árboles de la gran avenida, lanzaron una pelota con tal mala fortuna que fue a parar, de pleno, en el trasero de una anciana; la mujer levantó su bastón y los regañó gritando enfurecida. A su izquierda dos muchachas vestidas con sus mejores atuendos, y que se contaban secretos cogidas del brazo, se cruzaron con un joven que se volvió a mirarlas, y a punto estuvo de darse contra una farola. Más allá una pareja que paseaba a su bebé en un cochecito cruzaron la vía sin ver que una calesa se les venía encima.  El conductor del coche gritó a todo pulmón a su animal y tiró con tal fuerza del bozal que el caballo sangró por la comisura. Los peatones que vieron lo que estaba ocurriendo gritaron asustados mientras proyectaban en sus mentes la escena más terrible. Por suerte el caballo paró a tiempo y todo se quedó en un gran susto.
            A Lui se le iluminó la cara como a la de un niño a punto de hacer una travesura. Pensó que esa era una buena analogía para contar en clase. Divertido, contemplaba todo aquello como una inmensa red de posibilidades. Las opciones eran tantas como peatones, caballos, calles, cocheros, niños, ancianas y bastones que existen, y sus infinitos cruces y choques.  Las posibilidades eran numerosas.
            Si queremos anticiparnos y saber, si el caballo atropellará o nó al cochecito, y con él al bebé, hay que cambiar el ángulo de visión y pensar en probabilidades —se dijo—. Hasta ahora nos hemos regido por leyes clásicas reversibles en el tiempo; andando hacia atrás puedo llegar al mismo punto de partida, a mí casa que es de donde salí. Sin embargo, los acontecimientos diarios no lo son—reflexionó—. Como el jarrón, que nos regaló mi suegra por Navidad, que rompí sin querer y me empeñé en reconstruir sabiendo que nunca sería el mismo. La razón está en el comportamiento de los diminutos componentes de todo lo que nos rodea, los átomos. A ellos todavía no los podemos ver, pero estoy convencido de que existen; explican muchas cosas. Todo encaja. Ahí mi fórmula matemática. Aunque mis petulantes colegas insistan que es solo una intuición imposible de demostrar. Olvidan que las intuiciones no surgen de la nada. Demócrito y luego Aristóteles, ya hablaban de la existencia de átomos y así hasta nuestros días.
         Si los padres no hubieran salido a pasear, la probabilidad de que los atropellaran se hubiera acercado a cero. Igual que al jarrón de romperse si lo hubiéramos encerrado en una caja fuerte. Pero cuando lo cogemos para contemplar su belleza, y se nos resbala de las manos, las probabilidades de que se rompa son enormes, o dicho de otra forma, la posibilidad de que al caer no se rompa se aproxima a cero.
            Lui estaba convencido que el mundo de los pequeños átomos funcionaba de forma parecida. En el mundo diminuto de los átomos, cuantos más intercambios entre ellos, cuanto más movimiento, aumenta el desorden, la entropía. Un aparente desorden, ya que lo que ocurre es que crecen las opciones. Hay menos formas ordenadas, en equilibrio. Si, realmente era una buena idea para explicar en clase la idea de fondo de la su fórmula sobre la entropía—concluyó.
               Se paró apoyándose en un pequeño muro que separaba un cuidado jardín de la calle y sacó la libreta que siempre llevaba consigo. Había que apuntar todo aquello para mejorarlo y contarlo en clase. Y a punto de empezar a escribir, los vio. Al otro lado de la avenida había un grupo de profesores que se reían. Unos con descaro y otros más discretos se tapaban la boca. Se mofaban de él, lo sabía. ¿Que se habían creído esos estúpidos? — reaccionó para sí—. Ellos le saludaron sin poder disimular el jolgorio. Él les devolvió una sonrisa forzada.
               Nadie sabía hasta qué punto le atormentaba a Lui esa actitud de sus colegas. Su incomprensión lo hacía sentirse un bicho raro. Lo aislaba. Y eso lo irritaba. —Mis alumnos me adoran —se decía a sí mismo—¿No será que me envidian? ¡Estúpidos engreídos! ¡Se que tengo razón! ¡Y llegará el día en que seré yo el que me reiré de todos ellos!
            Guardó la libreta en el bolsillo interior del abrigo y se tapó la cara con las manos, sabía que cuando sus pensamientos se alborotaban de esa forma no auguraban nada bueno. Las ofensas habían sido tantas que más que herido estaba roto. Intentó evocar las palabras de Jetti, su mujer.
             —Mi dulce gordinflón—le decía—, que no te duelan las palabras de sus mentes cerradas por muy instruidas que sean. Les asusta lo imprevisible, les horroriza lo incierto. ¡Ni tan siquiera pueden aceptar la existencia de los átomos! Y tu fórmula les ofrece un mundo formado por cosas diminutas que se rigen por la aleatoriedad, que tienden al desorden, y que solo la estadística puede darnos una pista de su futuro comportamiento. Tener que aceptar que no hay leyes deterministas que gobiernen la naturaleza los hace temblar.
            Acostumbraba a evocar las palabras de Jetti cuando le asaltaba la rabia para evitar que luego, esa misma ira, se convirtiera en asfixiante desazón. Y ese día durante un rato pareció serenarse y retomó su paseo calle abajo sin rumbo fijo. Pero al poco la oscuridad se volvió a apoderar de él. Había vuelto a llegar ese doloroso momento de cambiar de ciudad, de universidad. Huir de la soledad. Cada vez con más frecuencia solo deseaba desaparecer. Que le dejaran en paz.
            El tormento se fue agrandando con el tiempo hasta que llegó el día en el que salió de casa, calle abajo sin rumbo fijo, para no volver.

"A pesar de que la intuición no se basa en el sentido
común que ha permitido a nuestra especie sobrevivir
hasta nuestros días, desde hace más de un siglo ha 
sido el origen de abundantes descubrimientos."
Chistophe Galfard


Este cuento participa en la iniciativa de @hypatiacafe del mes de octubre, sobre el tema #PVintuición.
Me entusiasma Ludwig Boltzmann. Me he basado en “Escuderos de clara pluma” de José Antonio Bustelo. Y los nombres de Lui y Jetti los encontré en un interesante post de Laura Morrón que podréis leer aqui


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