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La teniente Hopper (segunda parte)


(viene de la primera parte)

             —A partir de ese día mi abuelo paterno se interesó por mí —sigue —. Me enseñó a jugar al ajedrez. Me llevaba a museos y salíamos a hacer excursiones topográficas por Nueva York. Fue él quien vio mi potencial, e insistió en que estudiara matemáticas. A mí —sigue—, sobre todo, me gustaban las emocionantes historias que me contaba de su padre, mi bisabuelo, que fue almirante de la armada de los Estados Unidos.
          —¿Tu bisabuelo fue militar? —pregunta Peter alejándose un poco para poder mirarla en perspectiva en tono burlón —. Ahora sé de dónde viene tu don de mando.
          Los dos se ríen a gusto un buen rato mientras inician otra partida de seducción y caricias. A ella le gusta la sonrisa de ese hombre.
          —¡No, para Peter! Tengo que contártelo —ordena tajante.
           Le cuenta cómo su abuelo le explicaba los viajes que hizo el bisabuelo. Todos los países que pisó, uno por uno, y la gente que conoció y que tal vez amó. Eran historias tan emocionantes que le excitaban hasta tal punto que luego, una vez en casa, no podía dormir leyendo relatos de piratas hasta el amanecer.
           —¿Te excitaban más que yo?
           Grace se limita a mirarlo de soslayo para asegurarse de que ve su media sonrisa, y sigue.
           —Me imaginaba a mi bisabuelo luchando contra los piratas, navegando por inhóspitos mares. ¡Hasta quise ser una pirata infiltrada! En esas historias yo podía ser lo que quisiera. Era feliz...y ahora no lo soy, Peter. —Cierra los ojos un instante, y su rostro se endurece.
            Peter abre la boca con la intención de replicar, pero ella se lo impide sellando con un dedo esos labios que tanto le gusta besar.
            —Amo a mi marido, amo la escuela, mi profesión, amo las matemáticas... a ti. Pero no tengo suficiente para seguir levantándome cada mañana.
            A su pesar, Peter comprende a Grace. Las ataduras a que están sujetas las mujeres no van con ella. Es un ser ingobernable.
           —Le he pedido el divorcio a Vincent.
           —Ven a vivir conmigo. No pondré condiciones.
—No, no es posible. Está esta maldita guerra… que lo ensucia todo —lamenta Grace—. Me he alistado en la armada.

Así lo hizo. Grace Hopper se unió a las fuerzas armadas en plena Segunda Guerra Mundial, se graduó la primera de su clase en 1944 y con el rango de teniente. Fue enviada a Harvard para trabajar en el proyecto de computación llamado Mark I. Grace inventó el lenguaje para computadoras COBOL.
               Permaneció soltera durante el resto de su larga vida, que no sola. Y en las mesas de sus numerables despachos siempre ondeaba una bandera pirata en miniatura.


Este cuento participa en la iniciativa de @hypatiacafe del mes de diciembre, sobre el tema #PVinventos. Me he basado  en la vida de Grace Murray Hopper 

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