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Neander


El día que le conocí me había alejado del clan para subir al cerro y recolectar plantas para la ceremonia en honor de mi predecesora. Ania había muerto en silencio esa misma noche.

        A pesar del intenso frío, la primavera había hecho explosionar la vida en todos los rincones del paisaje atenuando mi tristeza por la partida de mi mentora. Llevaba ya un buen rato y había llenado la alforja de piel de venado con flores y plantas necesarias para el ritual, así que decidí regresar para empezar con los preparativos.

         Fue entonces cuando oí un ruido sordo detrás los matorrales que tenía delante. Mi corazón latió con fuerza y tensé el cuerpo, agarré el arco que colgaba de mi hombro con una mano y con la otra una de las flechas que sobresalían por detrás de mí cabeza con la que tensioné la ballesta. Despacio, sin hacer ruido, me agazapé como un leopardo, agudicé mis sentidos y esperé.

         Al poco, escuché otra vez ese ruido gutural que no sabía identificar. Entonces, algo zarandeó los matorrales más altos a mí derecha y dirigí la mirada con precisión para poder distinguir de qué animal se trataba. Solo llegué a ver una cabeza grande, con mucho pelo desde la mitad del cráneo hacia la espalda y un cogote adornado con plumas. La otra mitad del cráneo estaba totalmente rasurado. No podía ver su cara ni su cuerpo que debía estar agachado o sentado. Era una persona, sin duda, sin embargo, no era del clan. 

        La curiosidad pudo más que la prudencia y me acerqué, tal vez necesitara ayuda, pensé. Ania me había enseñado que cualquier persona, fuera del clan o desconocido, era merecedora de nuestro saber. Que el conocimiento no nos pertenecía a nosotras, como nos pertenecían las lanzas o las pieles.

        —Soy Tibbi del clan del valle del Rif, ¿de qué clan eres tú? —grité mientras me acercaba despacio para no provocar su agresividad. Sin duda estaba en el suelo y era un macho. Esperé respuesta a la vez que seguía aproximándome.

        Estaba en el suelo recostado sobre el cuerpo sin vida de un enorme alce. Con una mano, que me pareció desproporcionadamente grande, se taponaba una herida en el costado de su musculoso muslo derecho que no dejaba de sangrar. Con la otra agarraba con fuerza el hacha que todavía colgaba clavada del cuerpo del animal. De su boca salieron sonidos ininteligibles y broncos, sin embargo, no me parecieron virulentos. Así que seguí acercándome. Él vio mi alforja y soltó el arma, su brazo cayó agotado a un lado de la cadera.  

        —¡Pero a quien se le ocurre cazar a esta bestia tú solo, posee un fuerte espíritu! —le regañé. Me miró sorprendido, con sus ojos del color del mar que escondía debajo unas salidas y pobladas cejas separadas por un tatuaje en forma de cinta negra. La tira negra dividía su ancha frente aplastada hacia atrás y bajaba hasta la punta de su narizota. Dejó que me acercara, no sin desconfianza. Sin mirar su rostro, le levanté la mano de la herida para ver si era muy profunda. Él gimió y apartó mi mano con fuerza. Aspiró sonoramente a través de la gran nariz. Su aliento era caliente y olía a sangre. 

        —Hay que tapar esta herida para que deje de sangrar ¿entiendes? —dije gesticulando para hacerme entender, él se limitó a fruncir el ceño y a gruñir.

        Me alejé para hacer un emplaste con hierbas tal como había hecho cientos de veces con Ania y regresé a su lado. Extendí la pasta sobre la herida cubriéndola entera, luego la protegí con hojas y até la herida con jirones de mí atuendo. 

        Me senté enfrente suyo. Y le expliqué con gestos qué debía descansar. Fue entonces cuando me fije en su rostro. Tenía la barbilla hundida. La boca era grande, pero lo era más su ancha nariz. Visto de perfil se podía apreciar debajo de una espesa mata de cabello, un cráneo grande y puntiagudo. La frente hundida hacia atrás resaltaba aún más los prominentes huesos de las cejas.

        Él seguía mirándome con extrañeza y recelo, pero tranquilo. No emitía ningún sonido, solo respiraba. Pensé que era mejor irme.  Una vez recuperarse las fuerzas, tal vez se volviera contra mí. Al ir a levantarme me cogió del brazo con fuerza y clavó su mirada en la mia. Quise zafarme, pero no pude. De pronto, me sorprendió la piel de su mano peluda que era casi transparente, algo rojiza. La de mi brazo era oscura. Yo era alta y delgada, él era robusto, con amplias espaldas y largos brazos, sin embargo, sus piernas se me antojaron demasiado cortas. A pesar del frío no iba casi cubierto.  Fue al soltarme cuando me fijé en las cicatrices de su rostro y luego en las de su todo cuerpo. No había visto a nadie con tantas heridas. Era fuerte y había sobrevivido a muchas luchas, pensé. Pasé despacio mis dedos por una cicatriz muy grande qué le atravesaba todo el hombro. 

        —Me sorprende que no perdieras el brazo. ¿Quién te lo curó? —dije sin dejar de tocar sus heridas—. ¿Este alce qué has cazado es para tu clan? ¿Dónde están? 

         Entonces él acarició mi rostro con curiosidad, tocó mis labios y luego los suyos e intentó pronunciar una palabra, pero solo lograron salir de su boca sonidos incomprensibles que, sin embargo, denotaban gratitud. De pronto, un fuerte impulso hizo que me incorporara. Levanté las pieles que protegían del frío mis muslos y me senté, despacio para no rozar la herida, a horcajadas sobre su sexo. No le gustó la idea de tenerme encima, pero me dejó hacer. 

        —¿Por qué te has enfrentado tu solo al alce? —pregunté una vez liberada la tensión—. Nosotros siempre cazamos en grupo — le conté gesticulando con los brazos y señalando el arco y las flechas—, cercamos a la bestia lanzándole piedras y lanzas desde lejos hasta doblegar su espíritu. Luego, atacamos todos juntos. Es peligroso acercarse solo a las bestias, ¿lo entiendes?

        Él no dejaba de mirarme como si fuera un espíritu del valle. Tocó el arco primero y las flechas después. Comprendí que nunca había visto un artefacto similar. Quise hacerle una demostración y tensé el arco, luego, disparé a una gallinacea que paseaba hacia rato a nuestro alrededor. Abrió los ojos y pintó un su extraño rostro lo que me pareció una sonrisa. 

        —Tengo que irme —dije mientras cargaba el ave a mis espaldas y le dejaba mi odre lleno a su lado. Sabía que con la carne del alce y el agua podría descansar y recuperarse lo suficiente para volver con los suyos, estuvieran donde estuvieran.

        Cuando llegué junto al clan no dije nada de mi encuentro con aquel extraño. La ceremonia de despedida de Ania fue emotiva y se recordaría para siempre en las letras de nuestras canciones. 


Pasadas nueve lunas, di a luz un precioso macho de piel clara y fuerte esqueleto, que con los años me dio robustos nietos. En mis sueños sentí la necesidad de dar un nombre a mi carismático extranjero, Neander. Durante toda mi larga vida lamenté no volver a cruzarme con personas como él.

 

 Con esta entrada participo como #polivulgador en @hypatiacafe con el tema #PVExtición

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