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Invisible

 


Desafortunadamente el trabajo de muchas mujeres naturalistas permanece en el olvido.

       Muchas de ellas quedaron invisibles bajo la sombra de maridos de renombre que ahora son recordados en los libros de texto. Como Mileva Marić casada con Albert Einstein, Mary Elizabeth Horner casada con Charles Lyell o Mary Morlad casada con William Buckland en la que está inspirado este microrrelato.

       Muchos científicos tuvieron esposas que contribuyeron al desarrollo de una obra donde casi nadie las reconoce. Si bien, últimamente se hacen esfuerzos para recuperar a las figuras femeninas, los viejos prejuicios están todavía muy arraigados. 

       Aún hoy, entrado ya el siglo XXI, insistir en la divulgación de estas científicas invisibles sigue siendo necesario. Traigo aquí, sólo a una de ellas.

       Este cuento titulado "Invisible” lo dedico a Mary Morland (1797-1857), casada con William Buckland, teólogo, naturalista y paleontólogo, considerado el padre de la geología. El texto está basado en hechos reales.

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Mary toma las cartas desparramadas por el escritorio y las va ordenando por fechas. El personal doméstico tiene prohibido acercarse al despacho que comparte con su marido, todo lo que hay en él es responsabilidad suya. No es normal en William ese desbarajuste, pero recuerda que esta mañana salió a toda prisa hacia el claustro de profesores. Ya le contará el motivo cuando regrese, siempre lo hace. Sonríe. 

       Mary además de ocuparse de la organización de la casa, educar a los cinco hijos que sobreviven y ejercer de maestra en un pueblo vecino, colabora activamente en el trabajo de su marido describiendo e ilustrando los hallazgos. Ella ya era recolectora de fósiles, sobre todo marinos, y una naturalista distinguida cuando conoció a William. 

       Sin pensar lee una de las cartas de su marido a medio escribir, está dirigida a los asistentes de la última reunión que mantuvo con unos colegas. Mientras descifra la intrincada letra de William palidece. Diminutas perlas de sudor afloran de su ancha frente. Se deja caer como un saco sobre la silla del despacho, cierra los ojos e inclina suavemente su cabeza hacia atrás. ¿Cómo es posible? 

       Mary se levanta y se dirige a la cocina donde tiene la mesa grande arrinconada en una esquina llena de lodo seco con extraños surcos. Junto a ella otra auxiliar repleta de libros e ilustraciones a carboncillo de extremidades de distintos animales terrestres. Se sienta en el borde de la silla, las manos sobre el regazo, mirada al suelo. Parece flotar. Espera.

       William entra en la casa directo a la cocina. Sin pronunciar palabra estampa un sonoro beso en la frente de Mary, toma la garrafa de agua, llena un vaso y bebe con ansia. Luego, se sienta en un taburete en la otra esquina de la mesa, frente a Mary.

       —Esta mañana he repasado tus apuntes y la hipótesis es correcta. El molde de arcilla que tomaste el otro día, este rastro—señala William las hendiduras del fango seco con una mano y con la otra sostiene la ilustración —. Son efectivamente huellas de tortuga. Por cierto, ¿dónde está la tortuga? no me gustaría encontrarla por el pasillo.

       —La devolví al zoológico, la recogieron esta mañana —contesta Mary que sin dilación pregunta —: William,¿recuerdas el día que nos conocimos?

       —Pues, ¡claro! Como voy a olvidarlo. Ese destartalado carruaje que nos llevaba a Abingdon, en Berkshire, y tú enfrente mio, recatada y digna, sin despegar los ojos del libro— describe Wiliam sin esconder el fastidio que le supone, a esas alturas y después de nueve partos, que le venga con tal trivialidad. Paciencia, cosa de mujeres.   

       —Sin embargo, al rato, dejé de comportarme como se espera lo haga una joven, que viaja en el mismo carruaje con un hombre desconocido mucho mayor que ella, y te dirigí la palabra. Me emocionó ver que ese hombre, tú, sostuviera en su regazo exactamente el mismo libro. Los dos estábamos leyendo lo último de George Cuvier sobre anatomía comparada. Una verdadera joya que hemos usado para nuestras investigaciones, aunque a ti te moleste que Cuvier sea un ferviente defensor de las teorías de Darwin. 

       —Así es, cariño. Me sentí tan intrigado por tu persona que me enamoré de ti de inmediato. 

       —Y, ¿a dónde te dirigías y por qué?

       —Ya lo sabes ¿A qué viene este interrogatorio?

       —Contesta, por favor.

       —Conversamos todo el camino y descubrimos que viajaba precisamente para encontrarme contigo y discutir algunos de tus últimos hallazgos. Nos reímos mucho, ¿recuerdas? 

       —Entonces, mi conocimiento sobre la anatomía de animales marinos te pareció lo suficientemente respetable como para molestarte en hacer las maletas y viajar para conocerme, ¿no?

       —Pues claro.

       —¿Qué ha cambiado desde entonces?

       —¿A qué te refieres?

       —A este escrito. Lee. 

      Mary le acerca la carta sin terminar, que ha estado releyendo incrédula mientras esperaba a su marido. William la toma con una mano, sostiene los anteojos con la otra y lee en voz alta. 

       —«Todo aquel con el que he hablado sobre el tema está de acuerdo en que si la reunión va a tener alguna utilidad científica, las mujeres no deberán asistir a la lectura de los artículos […], ya que ello convertiría el evento en una especie de mitin ambiguo en vez de una reunión filosófica seria de hombres trabajadores—.» William deja los anteojos encima de la mesa y mira de frente a su mujer —Dios nos creó distintos por alguna razón. 

       —Verás, querido, como somos tan distintos, a partir de hoy llevaré mis propias investigaciones —determina Mary qué sigue sentada en la punta de la silla y con las manos sobre el regazo, aunque, con la barbilla bien alta apuntando a su marido —, no obstante, no te asustes, seguiré ayudándote. ¡Ah! Y te he hecho preparar la habitación azul donde vas a dormir a partir de ahora. 



Con esta entrada participo como
#polivulgador de @hypatiacafe sobre #PVinvisible

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