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Troglodita

  Siempre es un duro golpe ser consciente de qué me engañan, aunque lo es más si soy yo misma la qué lo hago. Saber qué no puedo fiarme de mis sentidos no es agradable. Entender qué lo que veo, oigo o huelo es solo una ínfima parte de la realidad y qué además esa mínima porción es en muchas ocasiones errónea, inquieta.         Como todos vosotros, percibo el mundo a través de mis sentidos, me centro en lo que creo importante y actúo en consecuencia. No es qué creyera qué la interpretación qué hace mí mente de la información qué le proporcionan mis sentidos fuera cien por cien precisa del mundo qué me rodea, pero casi. Y nada más lejos de la realidad. No son rigurosos mis sentidos ni mí mente.         ¿Qué pensaríais si os demuestran que no podéis fiarnos de vuestros sentidos? ¿Qué mucho de lo que vemos y lo que oímos es una mala reconstrucción de nuestra mente? Pues eso.      ...

La revolución de 1453

  Hace poco leí que Sócrates aborrecía los libros. Imaginaba que los libros hundirían a la humanidad en la ignorancia. Sostenía que los conocimientos habían de transmitirse oralmente y de sabio a sabio para no prostituir su contenido. Sócrates, maestro de Platón y este último de Aristóteles, vivió hace dos mil ochocientos años, así que no pude enfadarme con su ceguera, sin embargo, me sorprendió y decidí profundizar sobre el tema. Tirando del hilo una cosa me llevó a otras.         Sócrates decía que cada vez habría más libros siendo imposible conocerlos todos y menos aún poder separar el grano de la paja. Lo verdadero se embrollaría con lo falso, lo correcto con lo erróneo, lo ilustrado con lo indeseable. Decía que el exceso de información entorpecería el avance del conocimiento. Esto me suena de algo, ¿a vosotros no?         Por suerte, su alumno Platón no compartía esa visión sombría sobre la cul...

La frontera de la libertad

  Mientras la veía alejarse, esperaba qué se diera la vuelta y me viera espiándola, pero no lo hizo. ¿Cómo iba a hacerlo? ¿Qué motivo podía tener? Ninguno. ¿O sí? Me preguntaba cómo no supe verlo. De hecho, no faltaron señales que sugerían que había algo extraño en ella, pero eso me gustaba, me lo tomaba como un reto y lo justificaba pensando que todavía no la conocía lo suficiente.        Se había despedido con uno de sus intensos abrazos qué tanto me gustan, deseando vernos el fin de semana y pasear juntas por la feria del libro de segunda mano. Ella es una ávida lectora. Otra atractiva cualidad. Si bien, ahora me pregunto si se emociona. Si al interpretar las manchas de tinta esparcidas con orden en cuartillas blancas era capaz de sentir ternura, asco o miedo, como yo.        Es qué, ¡mi querida amiga es un humanoide! Había oído hablar de ellos, sin embargo, el descubrimiento me dejó aturdida y tuve qué se...

El espejismo que duró cuarenta y un años

  Fuera del Museo Británico, Londres brillaba al abrazo de la primavera. Dentro, el anfiteatro del museo revertía actividad; murmullos ahogados de voces apresuradas expectantes a lo que iba ocurriendo en la sala; ruido de papeles y lapiceros enredados entre manos impacientes.        Un tenso silencio se impuso de pronto cuando Charles Dawson entró por un lateral al foso del anfiteatro. Detrás de él un alumno arrastraba una mesa con ruedas y sobre ella un bulto redondeado tapado por una tela, estampada de colores oscuros, rozando el suelo.         Dawson saludó a los asistentes con una sonrisa altanera; elegante, luciendo su peculiar mostacho. Expuso con solemnidad las circunstancias del descubrimiento con todo detalle. Pendiente del eco de cada palabra que pronunciaba y el efecto que producían en la audiencia.         Con gesto teatral pidió a su pupilo qué fuera...

Un hueso roto

  —¿Si en un futuro muy lejano llegaran a la Tierra científicos extraterrestres para estudiarnos como especímenes extintos, qué hallazgo les evidenciaría que éramos civilizados? —preguntó una alumna de secundaria.       —Muy buena pregunta —le felicitó la profesora asintiendo con la cabeza algo sorprendida—. Bien, te estás preguntando cuál sería el primer signo de civilización que pudieran hallar, algo físico qué se hubiera podido conservar.         Antes de seguir, la docente estuvo unos segundos en silencio. No solo era una buena pregunta, sino que los recuerdos la habían succionado al pasado, cuando ella era la estudiante y había realizado esta misma pregunta a una admirable mujer. Solo qué ella ya estaba en la universidad y su alumna era una adolescente. Cosas de los nuevos tiempos, se dijo.        —¡Interpelo la cuestión a toda la clase! — dijo por fin, mientras se le...