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Caroline Herschel (III fin)

(viene de la parte II)          Una solitaria lágrima le resbaló por la mejilla. Seguía acariciando el grueso dossier de sobre las piernas. Le hubiera gustado poder tener, ahora, una conversación con su madre.  La mujer sólo accedió a que se fuera con William cuando éste se comprometió pagarle una mujer que se cuidara de la casa.        —Sra Herschel, ya puede usted pasar —anunció el secretario asomando la cabeza por la puerta.         Caroline se pasó la mano por la mejilla, se levantó ligera y entró en la lujosa habitación del tesorero. Se sentó en el sillón que le indicaron. Depositó los pesados documentos sobre la mesa de ébano.  Y saludó al hombre afeminado que la miraba con curiosidad.         —Según me informó su hermano William este debe ser el catálogo de los últimos objetos celestes descubiertos —le dijo acercándose el dossier que Caroline había dejado sobre la mesa.        Ella asintió con un pequeño gesto de cabeza y la mirando el barroco tintero de plata.        —William Hersc…

Caroline Herschel (II)

( viene de parte I)       —¡Oh, no! no te preocupes. A William lo nombraron director de la orquesta sinfónica de Bart. En ella —dijo señalando la carta que había dejado en la fuente que adornaba la mesa—, le pide a mí madre que me deje ir con él. Que en Inglaterra podré seguir mis estudios de canto. Y que él se hará cargo de todo.        Le contó que ella era una buena soprano —Él le dijo que la había oído cantar mientras se acercaba a la casa cuando repartía el correo, y que lo hacía muy bien—. Ella entusiasmada movió su pequeño pero ágil cuerpo como si la fuerza de la esperanza pudiera realmente mover montañas. Sus negros y brillantes ojos miraban hacia una lejanía que el chico no podía ver. Le explicó que de noche subían con su hermano a la terraza a mirar el cielo. Lo echaba de menos. Hacían carreras para saber quién de los dos identificaba antes el objeto luminoso en el mapa del cielo de su padre. Le explicó también, que su padre les había enseñado aritmética, astronomía, música y …

Caroline Herschel (I)

Caroline esperaba sentada en la antesala del despacho a que el tesorero la llamara. Estaba a punto de cobrar su primer sueldo. Mientras acariciaba el grueso dossier que tenía en su regazo recordaba lo sucedido aquel día. Comprobó que, a pesar del tiempo transcurrido, todavía la atormentaba.
          Evocó la cocina de la casa familiar siempre  iluminada por dos arañas de cedro con cuatro velas. Una encima de la mesa de roble, en el centro de la estancia, y la otra en la encimera al lado de la despensa. Para Caroline, la llegada de la noche anunciaba el mejor momento del día. Subía a la terraza, en el tercer piso, y dejaba fluir con libertad sus pensamientos.        —Ya entré el carbón del patio. Subo a la terraza, madre —dijo Caroline de pie cerca de la puerta, y con un pie en el pasillo.        —No —respondió la madre mientras repasaba el correo sentada en la mesa de la cocina—, primero quiero que almidones las enaguas.        —Puedo hacerlo mañana por la mañana temprano —propuso la ch…

Alice augusta Ball (III Fin)

(viene de la parte II)
En la sede del periódico nos atendieron con amabilidad. Me sorprendí de que nos llevaran directamente al despacho del director. Pensé que se habrían confundido, pero no iba a protestar. —Pasen, pasen —indicó con diligencia el joven con tejanos y chaqueta azul. Entramos en una oficina confortable pero no opulenta, presidida por una ventana que daba a al jardín.  Frente la ventana, la mesa, y a sus espaldas una librería, saturada de archivadores. —Buenas tardes. Me han dicho que es usted del departamento de asuntos culturales de la facultad Manoa. ¿Cómo dice que se llama? —Buenas tardes —saludé—. Soy Kathlyn Takara y esta es mi alumna Pua Ulucau. Nos sentamos delante de él. La mesa estaba repleta de carpetas de colores, con desorden ordenado. —¿Qué desea saber de mí padre, Kathlyn? —¿Su padre? —pregunté sorprendida mirándole directamente a los ojos y, la boca abierta. —Sí, el periodista que firmó el artículo sobre Alice Augusta Ball, “La heroína de Hawái” —soltó con una…

Alice Augusta Ball (II)

(viene de la parte I)
El respetado profesor no dijo nada. Aspiró el humo de una calada con lentitud, paladeando el momento, y frunciendo el entrecejo. Me divertí imaginando que estaba buscando en archivadores de memoria tan deteriorados como su aspecto.               —Mi profesor de farmacia, Harry T. Hollmann —dijo de pronto—, nos hablaba del método que usó una brillante química afroamericana para aislar elementos activos. No recuerdo mucho más; hace mucho tiempo de eso.  Sin embargo, tenía relación con la enfermedad de Hansen y Kalaupapa —contó de carretilla como, si realmente, estuviera leyendo un archivo.              Recordar le debió suponer un gran esfuerzo porque cerró los ojos, y pareció que se dormía. Nos miramos con mi joven alumna sin saber qué hacer.               —Yo, de ti —dijo de sopetón asustándonos—, me dirigiría al Hospital Kalihi. Harry T. Hollmann trato a muchos enfermos de Kalaupapa allí —puntualizó Moke volviendo a perder la consciencia.              Me despedí del…

Patricia Bath

Agradecí que la cama del hospital fuera mullida y amplia. Desde la operación no había podido dormir. Me torturaba no poder moverme. Y ese olor a desinfectante me aturdía.          Su visita lo alteró todo. Llevaba dos décadas en absoluta oscuridad. Resignado a las tinieblas y a vivir en las calles; a sobrevivir de la caridad. Una segunda oportunidad, una nueva vida —dijeron—. Que me operarían gratis. Querrán algo cambio —pensé—. Y, además, ¿y si no funciona? Sería como volver a perderlo todo. Que confiara —dijeron—. Que confiara… ellos no han vivido en el asfalto.          En mi juventud trabajé en una ferretería. Postrado en la cama, y sin poder moverme, intentaba distraer mi mente recordando los nombres de las herramientas, la métrica de los tornillos, de los tacos o la tabla de conversión a pulgadas. El reposo fue desolador. —Buenos días, Deion —me saludó la doctora con su agradable voz—. Llegó el gran momento. Voy a sacarte todo esto.           Noté cómo manipulaba las vendas que pr…

Alice Augusta Ball (I)

Ese viernes de 1977 había terminado mis clases y como de costumbre me dirigí a la biblioteca. Nadie me esperaba en casa. Me gustaba perderme entre páginas descoloridas y evadirme con relatos que me paseaban entre la leyenda y la realidad. Buscaba algo para motivar a mis alumnos y a mí misma. Y lo encontré. La biblioteca del campus de Manoa en Honolulu está ubicada en el edificio antiguo. Es bajo y envuelto de espesa vegetación, como todo en Hawaii. Las columnas de la entrada, de sobrio estilo colonial, se asientan sobre un suelo de mármol. La sala principal está recubierta por rojizas y esbeltas estanterías, de madera de Koa, rellenas de libros de todas medidas y colores. Las mesas, no muy grandes, acostumbrábamos a compartirlas entre colegas del departamento de asuntos culturales. Sin embargo, ese viernes me pareció estar rodeada de desconocidos. Me sobresaltó mi vecina de mesa al dejar sin delicadeza un gran volumen a mi derecha. Miré de reojo. El libro lo había dejado abierto muy cer…