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Entradas

El legado de Rachel Carson.

Carlota le dijo a su hija que se abrochara el cinturón de seguridad y se colocara el casco con la malla. Estaban a punto de aterrizar después de casi diez horas de viaje. —¿Y podremos bajar a tierra firme? —preguntó la niña de ojos y piel oscura mientras abrochaba el cinturón, y observaba cómo su madre ajustaba las coordenadas con la I.A. A Thalia le maravillaba oír a su madre parlotear con la I.A. y ver deslizar sus dedos con rapidez sobre el tablero repleto de luces de colores. Le recordaba una hermosa cantante negra tocando el piano, que había visto en una carátula de CD antiguo. Las dos mujeres poseían una sonrisa bondadosa y un aspecto extravagante.  Acarició, sin mirar, su pulsera rota a la que le faltaba una pieza, y pensó que la audacia era el sello de las mujeres de su familia. —Sí, cariño, a eso hemos venido —contestó la madre—, a que pises esta tierra. Con sus escasos siete de años, Thalia solo conocía la central donde había nacido. El viaje, además de recoger muestras del pa…

Cómo Oliva visualizó la base de una revolución que había de venir

El contraste de la luz del día con la oscuridad de la habitación me cegó. Cuando me adapté a la tiniebla, vi a Constanza en la cama boca abajo. Me acerqué. Estaba desnuda, solo una esquina de la sábana cubría sus nalgas. Su espalda, del color de la nieve, estaba salpicada por negras y viscosas sanguijuelas. Los húmedos bichos palpitaban sobre la piel, dibujando círculos rosados en torno a su canal succionador. No era la primera vez que veía a las sanguijuelas en acción. Pero ese cuerpo era el de Constanza, mí única y más querida amiga.           —Hola, Constanza —saludé mientras apartaba un oscuro mechón de su rostro empapado de sudor. No reaccionó, parecía dormir.           Levanté una silla despacio, intentando no hacer ruido, y me senté a su lado.           —Creo que sé lo que ocurre, no desesperes —le susurré al oído sin saber si me oía. Le tomé la mano y esperé a que despertara.            La habían dejado sola. La estancia olía a rancio, y me pregunté desde cuándo no limpiaban la…